Aquellos zuecos rosas

Aquellos zuecos rosas

El dolor me ha devuelto a la toma de conciencia de la incomodidad de mi postura. El desperezarse del cuero del sofá, al intentar recolocar mi cuerpo, me ha saludado en una madrugada que, horas antes, he sentido fría bajo un par de mantas bien ajustadas a mi (aún) camisón de verano. Ahora me sobran las mantas, me pesan sobre el hematoma que señala mi rodilla atormentada y me escuecen sobre una de mis cicatrices viejas, la que nunca ha dejado de tener voz propia.

Estaba soñando con aquellos zuecos rosas de ante que tenían una flor grande a un lado. Eran muy bonitos, me los puse muchísimo. Me visualizo con ellos: los llevo con un vestido, también rosa, en el bautizo de mi sobrino. Al recordarme subida a aquellos zapatos, me veo, de repente, guapa, bastante más joven.

Ayer el fisio me dijo que tenía las piernas bonitas. «Siempre he tenido cachas chulas», apunté yo: «Ahora ya…, la edad, las varices…». Omito el atropello, qué curioso. «Son bonitas», volvió a decir el fisio. Y a mí me gustó ese plural, porque llevo siete años bromeando con que tengo una (solo una) pierna bonita.

En mi sueño, justo antes de despertar, un sobrino (otro que no identifico porque es más mayor que los míos) me dice: «Qué guapa estás con esos zapatos, tía». Alguien pasa a su lado y avergonzándolo, le dice: «¡Qué sabrás tú, anda!..». Yo le doy las gracias a mi sobri por su amable comentario y lo hago con una sonrisa amplia, mientras bajo la mirada hacia mis pies y me enfrento a mi repentino desconcierto: ¿Cuándo he vuelto a llevar tacones? Se desdibujan mis zuecos rosas y mis piernas bonitas, y el crujido del cuero del sofá me acompaña en la transición hacia mi noche solitaria y el dolor intenso.

Me incorporo, alcanzo las muletas y, antes de levantarme, me siento como la Cenicienta viendo descomponerse su carroza con el recuerdo reciente de su zapatito de cristal acomodado perfectamente en su pie.

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