Miércoles bola
He encendido una vela que me regaló una buena amiga. La tengo en mi escritorio, pero, como hace tantas semanas que no había pasado por aquí, encontrarla ha sido una provocación: prenderla, perderme en la profundidad de esa llama, recibir el aroma que desprende la cera al caldearse… Un instante de paz que me conecta agradecida con esta buena amiga: sus bonitos ojos, su sonrisa y la voz limpia y cálida con la que siempre me hace llegar sus cosas, su ternura, su saber y su abrazo generoso.
Hoy he sumado un día más de esfuerzo, dolor y fragilidad a este momento de impotencia e incertidumbre que me toca vivir. Aún es miércoles y ya se me ha hecho bola la semana.
Por eso, he intentado con todas mis fuerzas, en este día, escapar de la actualidad y no encontrarme de frente con el triste aniversario del mayor azote que ha sufrido nuestro país en los últimos años. No tengo energía para gestionar la empatía que me brota con naturalidad cuando contemplo tanto dolor.
Pero se me ha ocurrido poner la tele y ahí estaba. En directo, el homenaje de Estado a las víctimas de la DANA, que terminaba con una emocionante actuación: Adagio, Concierto de Aranjuez, interpretado por componentes de la orquesta de Radio Televisión Española. Así que me he quedado frente a la tele, sintiendo que era una falta de respeto moverme siquiera; sabiendo que no podría evitar hacer ruido al salir, en medio de ese silencio abrumador con el que el rey y la reina recogían con sus abrazos los duelos abiertos y expuestos. Me he quedado y el dolor de las familias me ha agarrado el alma hasta el final del acto.
Pierde pie un mal día ante según qué cosas. Ahora que mi mirada y mi corazón se han teñido de negro, con la tele de nuevo apagada, resuenan en mi cabeza los gritos de las familias: cobarde, rata, asesino, dimisión… Tanteo el latido de mi rodilla, implacable y, echando de menos un abrazo cuerpo a cuerpo que me recoja y me distraiga del dolor, unas lágrimas que asoman por mis ojos reciben el zarpazo de la resistencia: no llores, no llores.
Alguien llama a la puerta de mi habitación. En primer plano, un plato con un delicioso hojaldre untado del merengue más delicioso que he probado en mi vida. Y en segundo, el verdadero regalo: mi niña preciosa que con su tiempo, su arte y sus ganas de soplar sobre mi herida cruda y mi soledad, ha dibujado una sonrisa que se me ha metido hacia dentro con una potencia analgésica para estudiar. Un abrazo grande, el crujir del hojaldre y la medida dulzura del merengue han convertido mi miércoles bola en una proeza: ¡Vamos! Hoy también, puntito para ti.