Bellisima giornaleta

Bellisima giornaleta

Mi padre era un experto en sacarle partido a esta vida que le gustaba tanto. Se nos ha ido en pocas horas y se nos ha quedado el patio sin gobierno, su bastón sin puño, nuestro apellido sin patriarca.

Nuestro padre siempre fue la última palabra, la autoridad. Pudimos cuestionarlo en sus decisiones muchas veces…, pero no conseguimos doblegarlo. Hizo siempre lo que quiso en el momento en el que quiso hacerlo. Y lo hizo porque pudo, porque tuvo siempre nuestro respeto, dueño y señor de Domaica Enea. Fuimos siempre conscientes de ser marineros con un patrón que compensaba su irreductibilidad con la coherencia y el compromiso con sus valores; con la honestidad y la resistencia que nos conmueve recordar con admiración, con orgullo.

Fue un hombre religioso, de convicciones profundas y lealtades inquebrantables. Un hombre de su familia, de su casa y de sus pasiones: el conocimiento, la contemplación, la interioridad, la búsqueda de la belleza en cada una de las mariposas de su imponente colección… Y la mayor de todas ellas: nuestra madre; una mujer preciosa, inteligente, luchadora, alegre y valiente. El mayor acierto de su vida fue ella y hasta el último de sus días, entregado a su cuidado, fue consciente del regalo que fue haberla tenido como compañera.

Mi padre era un navarro nacido en Cádiz por circunstancias de la vida. Amó tanto la tierra de su madre —y de la nuestra—, que a su infancia rendida a la belleza de la mar se amarraron con fuerza sus raíces a los montes y a las andanzas de aquellos veranos de su niñez en Aguilar de Codés.

Era un observador de la vida con una sed de conocimiento que no tenía fin. Sabía mucho y de muchas cosas. Siempre se aprendía algo con él. Nos enseñó las capitales de los países a los postres, en nuestra infancia, y el amor por los libros que siempre vimos rebosando los estantes de la librería de casa. Era un excelente conversador con una interesantísima vida de la que nos faltaban todos los detalles, porque, sencillamente, él no les daba ninguna importancia. En los últimos años, pudimos a retazos armar pedazos de su historia, de la nuestra, con todo aquello que descubríamos tirando del hilo frente a un café en su Batela, su Vitoriana o con sus vaqueros de la 13 de fondo.

Mi padre era un hombre afable, simpático y con un gran sentido del humor. Era capaz de emocionarse con un pasaje de la historia, con una poesía eterna retenida verso a verso desde su niñez, con el comportamiento de una pareja de gorriones y al encontrarse con el último carné de identidad de mamá, que guardaba como oro en paño en su tarjetero. Saludaba los días de sol con un entusiasta Bellisima «giornaleta»* y se arrancaba con cantares que entregaba a la chufla cambiándoles la letra para nuestro regocijo. Era un hombre de su tiempo, un cabeza de familia con la espalda cargada con la exigencia de tirar hacia delante por los suyos y resistir hasta el límite de sus fuerzas. Porque no hay nada que le mereciera más la pena que la vida.

*Licencia que mi padre se tomaba, sabiendo que lo correcto hubiese sido decir Bellisima giornata.

Nota: este texto fue elaborado para ser leído en la misa funeral de mi padre celebrada el 12 de noviembre de 2025.


A Margarita Debayle. Rubén Darío.


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