Sola en tu bar
He venido a este bar que tanto te gustaba porque sus sofás recogían bien tu dolorida espalda; porque tenía mucha prensa, porque ponían buen café, porque solo a ti te preparaban tostadas después de las doce: pan de molde, mantequilla y mermelada.
Mientras espero mi café en la barra, busco mi monedero. Mierda, en este bar se pagaba siempre con el tuyo; no había opción. Es muy raro, se asoman las primeras lágrimas.
He venido aquí porque te echo muchísimo de menos. Porque sentarme en esta esquina junto a la ventana con un periódico sobre las rodillas, me hace más fácil imaginar que he venido contigo, una mañana más de domingo, y tú estás sentado a mi lado con El Correo que te ha localizado y ofrecido uno de los habituales del bar. Por cierto, está hoy aquí también; ahora con el Marca.
Te escucho leer titulares que te dan pie para meterte con el Gobierno y me escucho a mí misma decirte que, por lo menos, el presidente que tenemos está tremendo. Tú haces que te escandalizas, yo me río y los dos hemos entendido que no vamos a hablar de política, porque para qué.
Tu lugar del sofá está vacío y duele. Escribo tratando de atravesar el charco de lágrimas que se interponen entre las frases que dicta mi corazón y las teclas que toqueteo para escribirte.
Te echo muchísimo de menos. Creo que es en este bar donde, ya siendo muy grandes los dos, nos conocimos de verdad: tu palabra a la altura de la mía y un plan: pasar un buen rato juntos. ¿Verdad que lo conseguimos?