Pasará
Hacía semanas que no me paseaba por este rincón. He estado liada. Y cuando escribo liada soy plenamente consciente de que utilizo un eufemismo porque las palabras que tendría que haber utilizado para ser honesta, no me las puedo permitir. Así que paso de puntillas.
Vuelvo en un momento de no sé si llamarlo duelo, porque no ha muerto otra cosa que un tiempo que no volverá. Estoy elaborando una pérdida, como lo hace todo el mundo: llorando a trompicones, en cualquier momento, y experimentando una soledad tan invasiva que no sé cómo reaccionaría si alguien me dijera aquello de «me imagino cómo te sientes». No, imaginar no es sentir. Imaginar es poco más que un ejercicio de empatía hecho desde el cariño, sin duda.
No seré yo quien cuestione el poder sanador del amor y el afecto. Pero hay momentos de intimidad con la pérdida que hay que vivirlos en soledad. A ese espacio tremendo de exposición al dolor el amor no llega; se queda en la puerta con los brazos abiertos esperando a que la ciclogénesis del desamparo se aleje y dé un poco de tregua.
Hace un rato, me resultaba insoportable contemplar la nueva costura que tatúa mi pierna. La había aceptado tras el primer cosido, la miraba con cariño; era un recordatorio de una prueba dura con más luces que sombras. El corte remachado de ahora es como una sonrisa siniestra de carnaval con auténticos braquets clavados sobre las dos orillas de mi piel profanada. Me duele y sangra. Lloro. Lloro. Calma. Pasará. Tú puedes, ya has pasado por esto. Lloro. Lloro. No quiero. Basta. Pasará. Pasará. Pasará.