Se llora después
Había previsto pasar la tarde con una persona, pero quien ha salido a mi encuentro era otra a la que hacía demasiados años que no sentía.
Ha sido una sorpresa emocionante. Mucho tiempo que no estábamos juntas. Ella, no sé cómo ni por qué, ha venido desde las profundidades de su maldita enfermedad a decirme cosas; cosas bonitas, cosas importantes, cosas que me han roto el corazón. No estaba preparada para sentirla de nuevo, para reconocerla en sus expresiones, en su discurso asombrosamente coherente, a pesar de su ya limitado vocabulario.
No sabía que podía pasar algo así. Yo ya me había despedido de ella, yo ya la echaba terriblemente de menos, yo ya tenía la nostalgia enquistada en mis lacrimales, contenida para no resquebrajarme ante ella; yo ya había asumido que se llora después.
Y en esta tarde que había decidido pasar juntas, ella ha venido a verme, a acariciarme el alma, a provocarme para que, a cada rato, no me quedara más remedio que abrazarla e intentar retenerla así, en ese instante en el que éramos las dos conectadas, queriéndonos mucho.
De camino a casa, volvía contenta: «Qué bonito ha sido todo, cómo me gusta verte. Otro día te llamo y vienes». No me ha quedado más remedio que aguantar el tipo: se llora después.