Una bronca descomunal

Una bronca descomunal

Acabo de tener una bronca descomunal. Como te lo estoy contando. Todavía me tiemblan las piernas de los nervios. No me he guardado nada, ha sido sanador. Todos y cada uno de los reproches que me están chupando la energía en las últimas semanas han salido de mí como los enjambres de bichos salían de la boca de aquel negro tan bueno de La milla verde.

Estoy muy orgullosa de mi asalto. Qué locuacidad la mía, qué agilidad comunicativa, qué frases más bien construidas, qué derroche de vocabulario colocado en el sitio justo para acicalar el bruto de mi vehemencia. Todo contenido de interés, cero muletillas. Enorme. Me he escuchado y rendido a mis pies de forma simultánea durante varios minutos. Solo estar cargada de razón (o creerlo, al menos) te regala un discurso tan impecable como el que he protagonizado en el figurado ring en el que se han convertido mi plato de ducha y mi mampara. Ha sido, sin duda, una de mis mejores exposiciones.

Deben ser los años, que van pasando y desgastando los filtros de la contención verbal. Cada vez me importan menos algunas cosas y cada vez más algunas otras que son las que, de verdad, no tienen remedio.

Desde que recuerdo me estoy enfrentando al mismo perfil. Son personas distintas, pero se comportan igual. Será que inconscientemente las busco o será cosa del karma, que me las coloca una y otra vez en mitad del camino, para ver si he aprendido algo en mis vidas anteriores. Como dice la chavalería: «Spoiler: no he aprendido nada». Estas personas me irritan hasta lo infinito y provocan lo mejor de mí: la valentía de hacerles frente a pesar de lo intimidantes que son. Y es que en el fondo sé que, como yo, están muertos de miedo. Quien no tenga miedo, que levante la mano o que me acoja en su seno, para poder descansar sin tener que tener un ojo abierto.

La de esta noche ha sido una batalla sin sangre, no soy violenta (y no debería haber usado lenguaje bélico, por coherencia). El contrincante ha estado asombrosamente callado; es cierto que no le he dado opción. Como decía más arriba, he estado enorme. Ha sido una pena que todo mi desparrame no haya sido lo suficientemente real, como para evitar que una espiral de agua lo arrastrara por el sumidero. No pasa nada. Llegará mi momento y, ahora sí, tengo el guion pulido

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