Dormir, así no se puede
Llevan días anunciando lluvias y nada, cuatro gotas. Las temperaturas se mantienen cálidas y solo el aire hace recogerse bajo las solapas. Esta madrugada el viento ha sido infernal; las persianas aleteaban furiosas y yo no podía dormir. En la calle, las hojas secas parecían abejas desquiciadas tras un ataque repentino a la colmena.
Me he ido al sofá para no molestar con mis intentos frustrados de hallar esa postura imposible; en noches así, a mí me sobran los brazos y los pechos; también ayudaría poderme desenroscar la pierna derecha. Un cuadro, ya. Es lo que hay, noche revuelta.
He salido a la terraza y Baloo conmigo. Era cómico ver zarandeadas sus orejotas. Hemos permanecido un rato asomados, contra la barandilla, pero no se aguantaba. Para dentro de nuevo. Me he sentado en el sofá y Baloo frente a mí. Me miraba, así como lo hace él, tan bonito. Le he cogido la cabeza con las manos sintiendo la suavidad de su pelambre: «¿Qué hacemos, Baloo? Con este viento no podemos dormir». Él ha inclinado su cara y de poco me lo como, como me ocurre diez o quince veces al día.

Entonces ha visto la ocasión; es un lince para esto. Se ha ido resbalando por mis piernas hasta tumbarse patas arriba, y he podido ver con nitidez el bocadillo escribiéndose sobre su cabeza: «Quiéreme. ¿Qué otra cosa tienes que hacer?» Pues nada mejor que rascarle la tripa a mi perro y ver cómo a él el viento no le quita el sueño. Ni muchísimo menos.
Estos días en torno a la festividad de Todos los Santos son tremendamente nostálgicos. Te arrastran a otros tiempos, fuerzan tus recuerdos y te echan un pulso emocional que fácilmente acaba en derrota. Tan revuelto el tiempo, tan revueltos el alma y la cama… así dormir no se puede. «¿Qué hacemos entonces, Baloo?» Pues me parece que seguir rascándote el pelo y disfrutando de la serenidad que me llega a través del bombeo de tu latido.