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Agur! Hasta mañana

Me tomé por error el tranquilizante del perro. La caja de Biodramina estaba preparada porque íbamos a hacer un trayecto en ferry y en esta casa somos de liarla muy parda cuando nos subimos a los barcos, y acabamos dándolo todo. Literal. No entraré en detalles, así está bien.

Junto a la caja de Biodramina, un blister recortado con tres pastillitas naranjas. Juro por lo que proceda, que el color de los comprimidos para que nuestro Baloo fuera relajado en la jaula del barco, compartía pantone con las pirulas contra el mareo para seres humanos.

Unos instantes antes de la accidental ingesta, mi chiquitina dijo: Igual nos tendríamos que tomar ya las biodraminas. Dicho y hecho: pim, pam; una para ti, otra para mí. Dos segundos después —lo juro nuevamente por lo que proceda—, solo dos segundos después, aparece en escena mi marido, que es quien lleva la cartera de Sanidad en casa y quien gestiona la botica (lo hace como nadie cuando está presente, pero si no está… Ya ha dicho que él por esto no dimite). Al verlo aparecer, ese ser verificador que llevo dentro lanza la pregunta: ¿Estas que estaban sueltas eran biodraminas también, verdad? Violines. Se masca la tragedia.

El ministro de Sanidad no hace drama. Dice que no nos va a pasar nada, que el perro pesa 26 kilos y la dosis completa de tranquilizante son tres pastillas y nosotras nos hemos tomado una nada más. Nos invita a acompañar el trago con la Biodramina, porque en la memoria de toda esta familia sigue muy presente aquel viaje en ferry del que juramos no volver hablar con nadie nunca más y tratar de olvidar lo que pasó. Obedecemos. Pa dentro la segunda pirula.

Todo en orden. Estamos en el puerto ya, metidos en el coche, el perro con un tercio de dosis de tranquilizante, ajeno a lo que ocurre, sentado en el maletero sin perder ni ripio de todo el movimiento de coches que se colocan en filas en los minutos previos al embarque.

Echamos allí un ratito y, de repente, Dios mío, tengo un sueño atroz… No digo nada para no alarmar. Echo una mirada hacia atrás: mi hija parece estar bien, charlando con su hermana y su amigo. Macarena, te estás sugestionando. Todo está bien, me digo.

¡Qué va! No está bien. Se me duermen los brazos y las piernas. Busco el teléfono para contarle al veterinario por WhatsApp lo que hemos hecho y esperar que nos diga que no pasa nada, que no será ni la primera ni la última vez que pase algo similar. Hasta en las mejores familias… El veterinario está en la playa, no contesta.

Pasado un rato, intento decirle a mi marido en voz bajita, aprovechando que la chavalería está a sus cosas, lo que me está pasando. Pero… la lengua no me sigue #laputa Aborto la estrategia de comunicación en clave de serenidad y le digo a mi marido: Llama al veterinario, no me encuentro bien. Me hago entender economizando palabras, porque parece que estoy borracha y me avergüenza un poco habiendo tanta ropa tendida, la verdad. La pequeña parece ser inmune al tranquilizante para perros, la veo bien. Me tranquiliza.

Dice el veterinario que calma todo el mundo, que es una dosis muy pequeña; que si nos entra mucha modorra, que nos dejemos ir… Un sueño profundo y acabaremos despertando con o sin beso de amor verdadero. Me quedo más tranquila.

Pero empieza el viaje. Mi hija se queda seca en un sueño repentino; con los ojos abiertos. Una cosa muy loca que provoca el descojono en todos los presentes, máxime cuando yo, que no le veo la gracia por ninguna parte, empiezo a decir cosas extrañas, como que el techado del puerto parece el zurullo gris ese que era una nave de no sé qué peli, planteo a mi audiencia cuál es la diferencia entre disgregar y discriminar (y mi marido va y me lo explica con una pedagogía insólita para la situación) y, por lo visto (no lo recuerdo), canturreo por lo bajini la popular cancioncilla “Había una vez un barquito chiquitito”.

Por si fuera poco, el amigo de mi hija mayor está puesto de Biodramina y está exultante viviendo esta experiencia sin haber consumido (a Dios pongo por testigo) ni drogas ni alcohol. ¿¿¡Qué le meten a la Biodramina!?? Mi pequeña sigue KO y su padre la saca del coche para ver si anda. Y todo esto les sigue pareciendo un despiporre que, yo, desde mi perspectiva de madre privada de mis superpoderes para la protección de mis cachorrillas, no consigo comprender.

Así, hasta el momento del embarque, tras el cual, tomamos asiento y nos hacemos un Agur! Hasta mañana en bloque. Suponemos que el perro, no; porque con un tercio de dosis… se pasaría el viaje pensando qué acababa de pasarnos a todos, que no parecíamos los de siempre.

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