Dejar que fluya la Navidad
Cambiar de posición me produce alivio, me quita peso. Me hace sentir capaz de revisar mis criterios, mis argumentos y a mí misma, con respecto a la manera en la que decido estar en el mundo.
Toda la vida escuché a mi madre decir que odiaba las navidades y creo que, por pura empatía, tatué ese mensaje en mis creencias. Ella tenia razones poderosas para rechazar la Navidad, pero yo me sumé a la campaña de desprestigio mucho antes de identificar mis propios motivos para defender mi derecho a no participar de la estampa de luz y obligado júbilo. Hay unos años en la vida en los que, si lo dice tu madre, es que es así. Después es justo lo contrario y bastantes años más tarde descubres que le debes tanto a tu madre que ya no te dará tiempo a compensarla.
Hace un año me planté: me ausenté de la Navidad. Le di la espalda y dejé que pasaran los días haciéndome la loca, como si aquello no fuera conmigo. Creo que hice bien, porque era lo que necesitaba y porque necesitaba también sentir que tenía esa opción y que podría volver a quedarme sola en las noches y los días grandes, si me lo volvieran a pedir el alma o las curcunstancias. Ahora sé que puedo ignorar la Navidad y mi mundo seguirá girando.
Un año después, me descubro tranquila ante la inminente llegada de la Nochebuena y de todo lo demás. No diré que salto de alegría, pero no me brotan ni la presión ni la incomodidad de otros años. Elijo no pelearme tanto conmigo misma y plantear acuerdos posibles entre mi coherencia y mi libertad. Elijo no entorpecer y elijo dejar que fluya, abierta a la posibilidad de disfrutar de estos días y de las personas con las que los compartiré. Elijo elegir dónde me desgasto y en qué me empeño y, sobre todo, elijo revisar si mis convicciones son cadenas que me no me dejan avanzar.
Feliz Navidad 💫
