El callejón de las collejas

El callejón de las collejas

Frase para enmarcar de Antonio Alcántara (o de quien escribiera su parte del guion):

«La vida es el callejón de las collejas».

Así es como la serie Cuéntame cómo pasó desvela uno de los grandes misterios de todos los tiempos o, al menos, de todo mi tiempo. Porque cuántas veces me he preguntado yo de qué va la vida, qué pretende, qué espera de mí… como si la vida fuera… alguien. Y resulta que, gracias a Antonio Alcántara, descubro que la vida no es alguien sino algo: el callejón de las collejas. Acabáramos.

Tengo la sensación -quizá me nazca de la impotencia- de que hay personas que nacen con el don de la carrerita. Se arrancan con entusiasmo y seguridad en el inicio del callejón y tiran, tiran, tiran girando, bajando, estirando cuello y libran una tras otra las collejas que les sobrevolaban pero que, obviamente, no llevaban su nombre.

Hay tramos del callejón más amables, es cierto; no parece haber nadie a los lados entrenando muñeca y te vas cruzando con personas sonrientes; algunas tararean o silban celebrando el trayecto libre de collejas (como si la señalética estuviera al tanto y por la labor de sembrar serenidad). Pero es en cuanto te confías, cuando llega la madre de todas las collejas a palmearte la seguridad y airearte el ridículo que creías tener hibernando desde tiempos menos airosos para tu imagen pública (sea cual sea el alcance de tu público).

Estoy segura de que hay collejas para todas y todos, aunque haya unas personas más hábiles que otras en el paseo por el callejón. Y estoy segura también de que hay collejas que nos salen al paso, porque las provocamos con nuestra inexperiencia, torpeza, osadía o, incluso, honestidad y valentía. Pero dudo, todo lo que alcanza mi capacidad, de que quienes tan sueltos o sueltas se sienten a los lados del callejón impartiendo toques de atención a diestro y siniestro humillando cabezas, no tienen lo que hay que tener para ponerse a pasar por el centro del callejón y sostener las miradas de quienes les retan de frente quizá sonriendo, quizá tarareando, quizá silbando.

Para caminar por el callejón por todo el medio y sin agachar la cabeza no vale cualquiera.

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