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Primavera en mi despacho

He llegado con tiempo suficiente para poderme dar un paseo antes de subir. Pensar en cómo me sentía, darme permiso para reconocer que estaba nerviosa y un poco triste.

Han pasado casi dos años. Vivimos añorando aquella vida que teníamos antes del 14 de marzo y parece que hace un siglo que nos abrazábamos y celebrábamos a la menor ocasión. Yo he vuelto a mi trabajo, a mi despacho, después de dos años nada menos y, sí, también allí me ha recibido esta nueva normalidad tan irritante.

Mis sensaciones han sido invasivas. Porque siendo mi reincorporación un momento ilusionante -hace meses que lo esperaba- no me sentía bien ni en mi despacho ni en mi mesa. Mis cosas se habían quedado atrapadas en un día: el 17 de octubre de 2018. Mi agenda, mi calendario, la última fecha anotada en mi cuaderno, el último archivo que creé. Como si no hubiera avanzado el tiempo, como si todo estuviera por pasar un miércoles 17 de octubre.

Dos años es mucho tiempo. No sabía por dónde atacar la tarea. No reconocía uno solo de los papeles acumulados ni el escritorio de mi pantalla ni el cubo de los bolis ni a mí misma allí, sin poder hincar la rodilla en el suelo para ajustar los cables a la parte trasera de la cpu. Para colmo, hoy estábamos en plena migración de las cuentas de correo y no podía contar con la herramienta más inmediata de la que disponía para ir poniéndome al día.

Sé que nada de esto es demasiado importante; cabía esperar que después de tantísimo tiempo las cosas no iban a seguir en su sitio, y que yo iba a estar más perdida que una miga en una alfombra de pelo largo. Cero drama. Pero hoy no tenía el día. Llevo tiempo rumiando la aceptación de una incorporación bien distinta de la que había imaginado. Y aún así, la contemplación de la mesa vacía de mi compañera me ha hecho daño. La necesito allí. Porque es la mejor y porque la quiero. Por suerte, aunque no la tenga enfrente ya, la tengo en mi vida y eso es muchísimo mejor. Bendita mascarilla hoy, que me ha permitido camuflar parcialmente mi congojita vuelta al cole.

Y, de repente, a mitad de mañana… ha llegado la primavera a mi despacho:

No sé qué tienen las flores, pero consiguen darle la vuelta a cualquier emoción. Alguien que te quiere te envía unas flores y, de pronto, te das cuenta de que solo tienes motivos para estar agradecida y sonreír. Han pasado dos años, estamos en plena pandemia y está todo muy revirao’ y fuera de su sitio. Todo, menos mis amigas; que están donde siempre han estado: a mi lado, cerquita. Con la mascarilla puesta y sus latidos acompasados con los míos. Percusión de la buena.

Pasó el primer día. Mañana más y mejor.

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