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Sobre la boda de Rosa

He visto La boda de Rosa, la película de Icíar Bollaín que aborda lo que llaman sologamia o automatrimonio, casarse con uno mismo o una misma.

Antes de ver esta película no tenía una opinión muy clara sobre esto; ahora tampoco, pero tengo más elementos para intentar componerme un discurso. Nunca he tenido problemas para moverme de mi posición si alguien me sabe llevar a otro terreno: acepto la confrontación argumental, pero necesito que mis entendederas le hagan un sitio que me resulte coherente a un planteamiento o a un enfoque nuevo.

Para empezar, no me parece lo mismo casarse con uno mismo que casarse con una misma. Estoy ahí. Es cierto que la mayoría de las informaciones que he encontrado sobre esto hacen referencia a bodas de mujeres solas. Y, precisamente, si entiendo esta celebración del compromiso público con una misma es porque siento con fuerza que el contrato que recoge los términos del autocuidado sigue siendo una tarea pendiente y urgente para las mujeres, sobre todo para las mujeres.

Lo que he leído sobre la sologamia en internet

He visto un artículo publicado en Diario Sur que lo tilda de extravagancia, última tendencia de exaltación del ego, narcisismo enfermizo y un enlace para mujeres solteras que no necesitan a nadie: “No hay mayor signo de autosuficiencia que llevarse uno mismo al altar”, escribe el redactor de la información. “Es proclamar a gritos que mejor solos que mal acompañados”, añade. Pues no. Ahí no. No estoy de acuerdo. Creo que no se trata de eso.

He leído por ahí que el primer automatrimonio se registró en Estados Unidos, en 1993, cuando una mujer llamada Linda Baker decidió celebrar su 40º cumpleaños casándose consigo misma acompañada de varias decenas de personas entre familiares y amistades. En una crónica de 2018 encuentro algo parecido: “Laura Mesi, una chica italiana, cansada de que la llamaran ‘triste soltera’ (qué fuerte), decidió casarse consigo misma: ‘Puedes tener un cuento de hadas sin príncipe’, declara la novia. ‘Les dije a mis amigos y familiares que si no encontraba a mi alma gemela a los 40 años, me casaría conmigo misma’ (…) La joven se inspiró en el personaje de Carrie Bradshaw (Sexo en Nueva York), que en un capítulo de la serie se casa consigo misma. Cansada de asistir a bodas y bautizos ajenos, admitió que estaba pensando en el automatrimonio”. ¿Cansada de asistir a bodas y bautizos ajenos y no ser nunca la reina de la fiesta? ¿Es eso? Pues si es como yo lo entiendo, creo que no. Que no es eso.

Lo que yo entiendo de las bodas con una misma

Este tipo de declaraciones provoca un cortocircuito en mi cabeza con la idea que yo me había montado acerca de esto. Me explico:

La primera vez que escuché hablar de las bodas con una misma fue en boca de May Serrano, compañera cofundadora —conmigo y otras diez mujeres más— del proyecto colaborativo feminista Doce Miradas. Admiro y respeto mucho a May y por eso al escucharla pensé que, seguro, había algo interesante detrás de ese ruido, de esa provocación que puede generar comentarios espontáneos como el que hace uno de los personajes en La boda de Rosa: “Menuda mamarrachada. Vaya forma de hacernos perder el tiempo” (o algo así).

La primera acción ¡Sí, me quiero! del colectivo Mujeres Imperfectas (con May Serrano como una de las promotoras del colectivo), tuvo lugar en 2009. Los automatrimonios que acompañaron y celebraron estas mujeres van mucho mas allá de buscar una excusa para vestirse de princesa y montar un fiestón; más allá de la ilusión de cumplir el sueño de casarse sin hacerlo depender de encontrar a la persona que encaje en el sueño del amor romántico con el que crecimos la inmensa mayoría de las mujeres.

El sentido de las bodas con una misma de las que hablaba May es el mismo sentido que Rosa quiere darle a la suya en la cinta de Icíar Bollaín. La Rosa protagonista de la película, un día decide serlo de su vida. Rosa no es una narcisista enfermiza. Es una mujer que está disponible para todo el mundo todo el tiempo. Una mujer desbordada por una rutina de exigencias vestidas de amabilidad y halago interesado. Una mujer que no le niega a nadie una sonrisa por muy superada que esté, que no dice una palabra más alta que otra ni siquiera cuando la avasallan. Una mujer que no encuentra momento para atenderse y hacer lo que necesita o quiere hacer. No hay forma de encontrar en este personaje un ego exaltado o un alarde de autosuficiencia. Rosa, además, tiene un noviete. Nada hace pensar que su boda consigo misma sea la ocasión ideal para proclamar a gritos que mejor sola que mal acompañada. Cuando Rosa decide casarse lo único que busca es lo que todas las demás personas han tenido y ella no: su momento. “Ahora es mi momento. Hay veces que hay que dar al botón nuclear y empezar de cero”.

Mis resistencias a las bodas con una misma

Hasta aquí todo perfecto. Una mujer decide que ya vale, que ha llegado el día y la hora de decirse a sí misma y a todo el mundo que quiere ser la prioridad de su vida. Decide dar cuerpo al compromiso más grande que puede hacerse con una misma y promete amarse, respetarse y cuidarse todos los días de su vida. Así da cauce a una suerte de revelación íntima que busca voz ahí fuera y que invita a la reflexión y al cuestionamiento del lugar que las mujeres ocupamos en nuestras propias vidas, y la necesidad de compartir nuestro espacio de toma de decisiones, desarrollo y respiro con otra (otras) persona.

Vuelvo a la película, porque cuando Rosa intenta explicar el sentido de su boda consigo misma y dar a sus anhelos esa voz acallada por años y años de complacencias, alguien le pregunta si no podía haber compartido cómo se sentía y ya estaba. Me parece razonable. Para qué montar tanto lío, ¿no? Nos dices que estas harta de que tiremos de ti, de que no tengamos en cuenta nunca lo que necesitas ni lo que quieres… Te pedimos perdón y no volvemos a hacerlo más. Y tú aprendes a decir que no y a pensar más en ti… y ya está. Y te dejas de líos. Superfácil. Ay.

Alegato final

Entro en contradicción porque no es nada fácil y mucho menos superfácil. Pero tampoco sé si casarse con una misma en sociedad allana este camino que debe ser tan liberador. Me hubiera gustado mucho escuchar a las mujeres casadas con ellas mismas que asistieron a la presentación de la película junto a May Serrano, el pasado día 24 en Bilbao. Les hubiera preguntado hasta dónde su compromiso de novias enamoradas consigo mismas se ha mantenido en el tiempo tras la boda. Cuánto de importante ha sido para ellas hacerlo de ese modo y si lo ven realmente necesario para dar sentido a su historia de amor por ellas mismas. Hubiera esperado escuchar que casarse con una misma es revolucionario, rompedor, ilusionante, y divertido, pero que el proceso de comprometerse con una misma para toda la vida es algo mucho más complejo que una ceremonia/acción que sin duda visibiliza y da que hablar y pensar sobre el abandono del autocuidado en las mujeres. Que también de eso se trata.

Me gustó mucho La boda de Rosa. Candela Peña y todo el reparto están genial y creo que Icíar Bollaín ha hecho una película interesante, divertida y, sobre todo, necesaria para ponernos a comentar; con lo que nos gusta.

Termino como empezaba esta entrada: con dudas. No sé si estoy a favor o en contra de la sologamia, porque es que, a lo mejor, ni siquiera es preciso estar en un sitio o en el de enfrente. Últimamente me cuesta mucho ubicarme en firme (la edad me ha vuelto más flexible). Lo que tengo claro es que estoy con Rosa y con todas las mujeres que han dado el paso de casarse consigo mismas para celebrar que se quieren y van a cuidar de sí mismas. Las felicito y las admiro por su determinación y su valentía, porque en esta sociedad nuestra salirse del caminito previsto se paga siempre. Unas veces no irá más allá de un comentario faltón que puede ignorarse con señorío para tener la fiesta en paz; otras veces, serán juicios de las personas que quieres o etiquetas que te colocarán personas que apenas te conocen. Qué sé yo, el precio por una acción rebelde fluctúa pero ahí está. Cualquier persona que haya estado o esté metida en militancias sabrá de qué hablo.

Lo que sí tengo claro es que casarse con una misma no es una mamarrachada ni una pérdida de tiempo. Toda persona que quiere a una mujer que decide comprometerse así debería ser capaz de acompañarla y respetarla en su acción, porque para ella es importante y la hace feliz. Eso debería bastar.

2 comentarios sobre «Sobre la boda de Rosa»

  1. Siempre es un gusto leerte, Macarena! Yo siempre he dicho que no me caso con nadie… ni conmigo misma!! Me gusta más ser “amante permanente” que tiene que mantener la magia a lo largo del tiempo… Yo traduzco “casarme conmigo” por “amarme y respetarme todos los días de mi vida”. Los rituales de casamientos para quien le guste ese tipo de saraos. Cada cual que haga consigo mismo/a lo que desee!!

    En el coloquio preguntaron por los hombres casados consigo mismos. May creo que comentó que venían casados de fábrica (privilegios y roles otorgados por el sistema patriarcal por tener entre las piernas un pene y no una vagina)… Aunque esto también está cambiando. Y hay hombres con su autoconcepto, autoestima y amor propio bastante tocados…

    Así que, más amor y humor, menos cargar con mochilas ajenas y más conciencia de que somos seres interdependientes y ecodependientes: sin otros seres y sin la madre tierra que nos sustenta, palmamos!!

    Un besabrazo infinito!!

  2. El gusto es mío, amiga.
    De acuerdo con todo lo que dices; de principio a fin.
    Gracias por leerme y por dejar tu comentario aquí.
    Te deseo mucho amor y mucho humor 😉
    Besazo, bella.

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