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Verla venir

Se heredan cosas muy raras…

Ayer una de mis hijas nos dijo: «Esta escena la he soñado. Y justo después, teníamos una bronca descomunal». Y yo pensé: «Esto va a ser un déjà vu con secuela de batalla campal familiar». Y me dije: «No me digas que esta niña ha heredado el discutible don de su madre de anticiparse emocionalmente a la borrasca».

En mi caso, el proceso no se desencadena con esa sensación tan inquietante de haber vivido anteriormente algo que está sucediendo en ese mismo momento. Pero la alerta corporal y sensorial de la que se avecina, podría ser marca de la casa si resulta ser persistente para mi chiquilla. No tengo claro que sea bueno o malo saber de antemano que se va a liar… Pero a mí me ocurre.

La cosa va así:

-Me siento rara, nerviosa. Y pienso: ¿Por qué?, ¿qué me ha afectado?, ¿qué podría pasarme a corto plazo para que mi cuerpo se haya puesto en tensión?

-Me duele el estómago. Cada vez más. Se me quita el hambre.

-Si estoy en casa, aviso a navegantes: «¡Ojo, que podríamos estar sobre un campo de minas!».

-Si me asalta en el trabajo o en cualquier otra situación, activo perfil bajo, como se dice ahora: evitar el roce es el objetivo.

-La vida sigue, pero yo me voy poniendo peor. Suena el teléfono y digo: «Ahí está». Recibo un mensaje de WhatsApp o de Telegram o un correo y me digo: «Ahí lo tienes». Y me preparo para el chupinazo que dará inicio a la fiesta.

Aún así, con toda la actitud y toda la alerta desplegada, la tripulación informada y el timón del barco firmemente sujeto, la tormenta perfecta avanza en remolino y engulle la embarcación. La marejada arroja agua sobre la cubierta hasta inundar los bajos y… ¡sálvese quien pueda! Si sustuimos agua por comentarios desafortunados, palabras hirientes, juicios arriesgados, tonos de voz airados… creo que queda ilustrado el final del episodio.

Muchas veces pienso si este verla venir que nace en mi estómago no será, al fin y a la postre, lo que prenda la mecha, lo que provoque el conflicto que acabará en desastre; si no será la propia aprensión y una mala interpretación del origen de la tensión en la boca del estómago, lo que justifique que, por lo que sea, una tenía ganas de reñir y buscaba cauce para el desparrame.

Diré que he asistido a batallas tan demoledoras a lo largo de tantos años de mala gestión de la emoción anticipada, que cuando de nuevo se me hace presente la premonición de la bronca agazapada, me hago mínima hasta casi desaparecer; y con ello, algunas veces, consigo despistarla, para que abandone mi cuerpo y tengamos la fiesta en paz.

Solo deseo que también mi heredera, aprenda que se puede; que sea capaz de ignorar las señales y que huya hacia una esquina tranquila donde la estaré esperando susurrándole al oído «No entres, no entres… ». Por suerte, ayer, la parte segunda del déjà vu de mi niña perdió fuerza ante el abrumador esfuerzo de contención familiar para no tocarnos las palmas. Bien 🙂

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