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Algo pasa por las noches

Hace unos días, me descubrí un enrojecimiento en el nudillo del dedo índice de mi mano derecha. No recordaba haberme dado ningún golpe, pero ahí estaba la evidencia de que me había hecho daño. Al día siguiente, el golpecito era morado y más grande; a lo largo de la mañana se había desteñido hasta alcanzar ya la base del dedo pulgar.

Antes de ayer me vi un arañazo en el pecho. Si fuera bastante más joven y transitara las noches de bares, quizás me hubiera inquietado… No tengo la más remota idea de cómo ni con qué me he podido hacer un arañazo en una zona tan poco expuesta.

Y esta mañana, al retirarme el edredón para levantarme con el pie izquierdo, como cada día, he sentido un escozor en el mismo dedo índice: tengo una ampolla sobre la articulación, entre las falanges media y proximal. Algo pasa por las noches.

Arrastro sueño desde hace muchas semanas y es cierto que, esos ratos en los que soy bendecida por Morfeo, me dejo caer en una inconsciencia tan profunda que siento que, por espacio de algunas horas, estuve en otra parte, en un lugar a donde solo se va a dormir: nada de dar vueltas, nada de sueños agitados, nada de levantarse a hacer pis… No se piensa, no se hacen listas de tareas pendientes, no se revisan conductas ni se afea una misma las malas decisiones o las oportunidades perdidas. Allí se va a dormir: cerrar los ojos, inspirar…, espirar…, inspirar…, espirar… Dormir. No estoy. Deje su mensaje.

Me pregunto si, de puro agotamiento, mi mente se está desentendiendo de mi cuerpo, aprovechando mi retiro en la zona oscura. Me pregunto si también durante la noche, mi pie izquierdo asume la responsabilidad de ser mi primer punto de apoyo para seguir intentando mover el mundo. Resulta paradójico cuando mi propio mundo no sabe si empezar a frenar por la traslación o por la rotación. La incoherencia se muestra siempre así de chulita.

Es evidente que algo pasa por las noches. Creo que mi cuerpo emancipado, mientras mi cerebro está en absoluto off funcional, asume rol de soldado de infantería con objetivos que lo ponen en peligro; más aún cuando no hay nadie al mando que sepa de estrategia o de cuándo y cómo hacer los movimientos oportunos. Pasa por las noches que me golpeo, me araño y me rozo y no sé ni cómo. Nadie de casa resulta herido, así que está claro: es conmigo misma con quien monto la gresca. Un no parar.

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