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Elí, Elí…

Estoy aburrida. Muy aburrida. No recordaba esta sensación porque yo nunca me aburro; a mí nunca me alcanza el tiempo para hacer todo lo que quisiera. Pero he descubierto que yo también puedo ser víctima de esta sensación tan desasosegante de ver pasar las horas lentamente, sintiendo que desprecio un tesoro y sin poder evitarlo.

Recientemente han coincidido tres cosas a las que soy muy vulnerable: las navidades, el frío (nieve) y la falta de libertad. Las primeras se resisten a quitarse de mi vista; mientras escribo esto, mis hijas aún siguen retirando bolas y guardando figuritas. Este año vamos tarde y noto cómo esto pesa sobre mi estado de ánimo: el 7 de enero ya no es Navidad; no quiero nada que brille al alcance de mis ojos.

La nieve fue cosa (bastante molesta) de un par de días, pero el frío ha venido para quedarse; como su prima la mascarilla. Qué pareja más irritante, qué invasiva, qué desmotivadora y qué capacidad para provocar desasosiego y malestar. Yo pensaba que estaba curada… Durante varios años he sido capaz de fabricarme crisálidas de pensamiento positivo para defenderme del frío. Me sentía orgullosa de mi misma.

Pero resulta que, en los nuevos tiempos del exceso en contradicción permanente con las limitaciones, Filomena ha irrumpido en nuestras vidas -como si no tuviéramos bastantes frentes abiertos- y nos ha convertido en hielo por fuera y por dentro; como presas de un maleficio (otro) al que no se le ve final.

Y el bichito tan contento. Le han sentado genial las navidades (bastante mejor que a mí), bien gordo se ha puesto. Seguimos sometidos al tercer grado penitenciario y aquella libertad a la que no dábamos importancia se aleja de nuestros anhelos a corto plazo; se viste de nostalgia y se nos aparece en sueños, para que no olvidemos lo que se sentía pudiendo ir y venir y encontrarse frente a un café, sin morirse de frío porque el invierno se cuela por las puertas abiertas de los locales.

Yo no puedo vivir con este frío. Me pasa como a E.T. cuando está lejos de Eliot y se le muere la planta; yo pierdo el lustre con estas temperaturas y sin poder estar con mi gente. No tengo ganas de hacer nada que no sea pirarme de aquí. Ah, pero no se puede. Así que cada día vuelvo de trabajar y cuando cierro la puerta a mi espalda digo: «¡Casa!» Y por un instante me siento reconfortada, a salvo de la tiranía del frío. Me dura , porque a los pocos segundos vuelvo a sentir la losa del secuestro sobre mis ganas de vivir y hacer cosas, y me invade la apatía.

Como. Pero no tenía tanta hambre como pensaba y no toco el segundo plato. Después me pongo una serie, porque así no tengo que hacer nada. Acaba el capítulo y leo un libro. Hasta que se va la luz. Es el peor momento de las tardes de invierno: preguntarte por qué no has encendido la lámpara antes y te hubieras ahorrado el dolor de cabeza. Dejo de leer. Pululo por casa, acaricio al perro, abrazo a mis hijas que tampoco están muy festivas… Miro por la ventana y siento tentaciones de salir a dar una vuelta, tomarme un café aunque sea sola, escribir un poco en una cafetería como hacía antes… Pero siento el frío desde el lado protegido de la ventana y desisto.

Me preparo una infusión, queda algo de rosco y casi me molesta porque ¡hoy ya es 7 de enero! Pero como todo me da igual, me lo como. Y no me sienta bien. Porque no tenía hambre; en mi estómago solo hay sitio para la angustia, se ve.

He querido encontrar una salida a mi aburrimiento en el cajón de la plancha: ¡qué decepción! Cuatro cosas había: media hora y otra vez en el punto de partida. Socorro.

Escribir. «Voy a escribir», me he dicho. «¿Sobre qué?», me he preguntado. «¡Yo qué sé! Tú arranca…».

Si has llegado hasta aquí, ya has visto lo que ha dado de sí mi desparrame.

Cierro con poderío. Apropiándome de este final:

«Y no quiero llantos. La muerte hay que mirarla cara a cara. ¡Silencio! (A otra hija.) ¡A callar he dicho! (A otra hija.) Las lágrimas cuando estés sola. ¡Nos hundiremos todas en un mar de luto! Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. ¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!».

Es insuperable, lo sé. Pero se me acaba de cruzar otro -también otra de mis apropiaciones favoritas- , para restar un poco de drama (por lo de la fuga y el calor, solo):

«¡En marcha!
El ciego sol, la sed y la fatiga…
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
-polvo, sudor y hierro- el Cid cabalga».

A mí, en estas circunstancias, estos versos de Machado me dan alas. Aunque sea al destierro… «¡En marcha!», por favor: en marchaaaaaaa…

«Elí, Elí, lamá sabactaní».

Lo dejo ya.

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