La casa y las gratitudes

La casa y las gratitudes

En menos de una semana, una película y un libro me han roto el corazón. No es que lo tuviera intacto, no sé bien cómo cuidarlo y los años han ido pasando. Soy consciente de las grietas que causaron todas y cada una de las fracturas anteriores que acumulo. Las pego una y mil veces intentando apretar bien, para que agarren los trozos y apenas se note el desaguisado.

Hace unos días estuve en el cine viendo La casa, adaptación de la novela gráfica de Paco Roca.
Era otra yo cuando leí el libro, pero no lo tuve en cuenta. No medí bien que aquella historia que en su día me gustó tanto, podía estrujarme el corazón y ponerme tan triste.

Ayer mismo devoré, casi de un tirón, Las gratitudes, una novela de Delphine de Vigan, que me tuvo atrapada, con las lágrimas apretadas página a página, queriendo hacerme personaje para agarrar la mano de Michka todo el tiempo; para decirle que contara conmigo si necesitaba palabras y frases; que contara también con mi agudeza si necesitaba expresarse, que yo intentaría con su par de palabras, un único verbo y su par de gestos, devolverle la experiencia —y la paz— de la comunicación. Es fácil prometérselo todo a un personaje. En la vida, es otra cosa.

No necesitaba en este momento ni ver La casa ni leer Las gratitudes. Pienso si he ido a buscarlas o si me han salido al paso ellas a mí. Y pienso también para qué; por qué me han fallado los filtros, por qué no he intuido que me haría daño si removía las ascuas con mis propias manos. Pienso cuál es la enseñanza que seguro esconde el destemple que en mi corazón han causado una película y un libro.

La casa. ¿Qué casa?

La responsabilidad, el deber, los valores, los recuerdos, las emociones mal gestionadas, las prioridades, la supervivencia, la necesidad de absolución, la condena que late en lo que no puede expresarse.

Las gratitudes. ¿Ligeras, impostadas, cobardes?

Desde la humildad y la generosidad. En un momento presente que ya mismo se está haciendo tarde; o, si no, ya nunca. Caminos de paz hacia la calma que permitirá, al fin, vomitar el nudo que apretaba el alma y la tripa.

Se rompió la comunicación, se acabó el tiempo.

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