La costura de las medias
Da igual. Si les doy la vuelta como si me las pongo bien. La costura de las medias no permanece donde debe; se baja por los dedos y se instala bajo las almohadillas para hacerse omnipresente. Dios mío, no puedo pensar en otra cosa.
Voy por la calle y cada paso es como pisarle la manguera al jardinero o los tubos a los señores de las obras. Es como estar castigada todo el día a llevar una china en el zapato y tener una voz que al oído te dice «si te paras, mueres», como le pasaba al personaje de Luis Tosar en Todos los nombres de Dios.
Presto atención y la amenaza solo está en el recuerdo de la peli; la voz que escucho no es la de ningún terrorista, es la mía y dice con una proyección que tiende a la ira «voy a mandar las medias a…». Me paro. En seco. Hay un banco. Me siento. Alzo la rodilla, apoyo la pantorrilla sobre la otra pierna. Deslizo la cremallera del botín y libero el pie. Tiro con entusiasmo de la punta de las medias. Alivio instantáneo. Giro y recoloco costura. Vuelvo a introducir con muuuucho cuidado el pie dentro del botín. Perfecto. Todo en su sitio. Repito la maniobra con el otro pie. Disfruto de ese instante de paz que temo será efímero. Me levanto del banco y camino.
Un paso, bien.
Dos pasos, bien.
Tres, bien.
Cuatro…, mmm… bien.
Cinco…, espera a ver.
Seis… ¡ya estamos!
Siete… ¡@#!%π~§#💀!
A la mierda.