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El tesoro

A los diez meses de morir mi madre encontré un tesoro. Entre un montón de cosas que un día decidí guardar por razones de indudable peso para mí, aparecieron unas cintas de casete. Cuatro de ellas recogían las grabaciones de la radionovela Cositas de la vida que, hace una pila de veranos, escribí a lo largo del mes de julio, para el programa La Siesta, de Radio Vitoria. La periodista Isabel Irigoyen, al frente; en el cuadro dramático, los también periodistas Roberto Flores, Iván Pascual, Miguel Ascenzo, una chica en prácticas de nombre Covadonga (adoro este nombre y se lo dije) y yo misma. El hallazgo de las cintas de Cositas de la vida fue tan divertido como inquietante; el paso de los años tiene una gran habilidad para sacarnos los colores y algunas de las cosas que decían mis personajes, hoy en día, no pasarían los benditos filtros en clave de valores que hemos ido incorporando en aras de la transformación personal y colectiva para una sociedad mejor.

Junto al pack de cintas que fueron a atrapar aquel encargo de verano, había otra rotulada “DOM familiar 30/12/2003”. De Otra Manera era un programa semanal que yo hacía para difundir la actividad de la organización en la que aún trabajo, pero… ¿familiar?

Me duró el desconcierto tres segundos. La fecha de la grabación -vispera de Nochevieja -me despejó el camino hacia ese recuerdo que a toda velocidad vino arrollarme el alma. Lo recordé: era un DOM especial de Navidad, para el que preparamos con voces voluntarias tres cuentos con mensaje. Lo etiqueté con el apellido familiar, porque quienes locutaron aquellos cuentos fueron mi hermana, mi marido y… mi madre. Mi madre ❤️‍啕

Veinte años después de haber grabado aquel programa, y diez meses después de que falleciera mi mami y nos fuera arrebatado para sienpre el poder escucharla en sus frases sencillas, en sus palabras sueltas y en todo lo que eran capaces de comunicar sus ojos en los últimos años de enfermedad, llegó a mis manos el increíble regalo de su voz. A lo largo de siete minutos, escucharía a mi madre contarme La camisa del hombre feliz: con su voz menuda, pero clara; con su locución correcta y perfectamente puntuada; entonces, sentada junto a mí en el locutorio; ahora, susurrándome al oído, desde los auriculares, imponiéndose al zumbido de fondo que los años han incorporado al sonido grabado sobre la cinta.

Dicen que la voz es lo primero que olvidamos de la gente que amamos, cuando se va. A mí ya no me pasará, porque tengo este regalo que voy a guardar toda mi vida, incluso si tuviera que volverlo a cambiar de formato y ese ruido de fondo se hiciera más presente todavía.

Escucho a mi madre cuando no puedo dormir, La escucho cuando la añoro tanto que busco sentir en esos siete minutos un espacio en el que tenemos un rato para abrazarnos, mientras La camisa del hombre feliz me acerca al desenlace del cuento con su valiosa enseñanza: “Los que llevan camisa no son felices y los que son felices no llevan camisa”.

Cuando mi madre termina de contarme el cuento, su beso de buenas noches llega en forma de renovación de la creencia de que no es la camisa lo que nos hará más felices. Tampoco un armario con ropa bonita ni las vacaciones en la playa ni un teléfono con mejor cámara y más memoria ni más seguidores en redes sociales.

Pero cuando vuelvo a mí vida dirigida por el mercado y las leyes que deciden quién puede y quien no tener camisa, hay días que se me hace cuesta arriba el peso del desamparo y necesito furiosamente concentrarme en lo que sea que pueda acercarme a mi madre: fotos, vídeos, textos, recuerdos, sus cosas, mis ojos sobre sus ojos, sus manos recogidas en las mías, su sonrisa y -qué suerte la mía- su voz inmortal acariciándome la pena y apretándome las llágrimas para que, en lugar de llorar, sonría feliz porque tengo mi tesoro y no veo a nadie con pinta de querer pedirme que le entregue mi camisa; una camisa que no me hace más feliz, pero me quita un poco el frío que siento, cuando se me hace tan largo el viaje sin retorno de mi madre.

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