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Ni segura ni social

Reconozco que mi primer impulso ha sido gritar, gritar mucho. Y avasallar; atravesar el vano de las puertas de cristal que se abren para nadie y empezar a echar sapos y culebras contra cualquier ser humano que haya conseguido cruzar a ese otro lado inexpugnable: la atención de las oficinas de la Tesorería Provincial de la Seguridad Social de Lakua. Este organismo de la Administración se está jugando una denuncia por fraude; porque ni es social (porque no hay ser humano que consiga entrar) ni es segura; porque yo soy mujer de paz y todavía me controlo, pero hay muchas personas por ahí con problemas más gordos que los míos o, sencillamente, menos templadas, y muchas ganas de canalizar con un acabose violento la tensión que genera esta gente o ente (en adelante así lo llamaré porque me debo al rigor) o lo que sea.

Ya durante los meses de confinamiento, mi resistencia rozó el límite intentando conseguir una información que era muy necesaria para mí. Era otro momento; todo el mundo en casa y también los y las funcionarias del ente. Pero esos teléfonos indicados en el cartelito de la puerta rozaban la crueldad. Varios números y, al otro lado, solo locuciones eternas que finalmente te ponían a esperar, no a que te atendiera alguien, sino a que se cortara la llamada. Todavía quedaba la esperanza de la página web de la Seguridad Social, pero no: otro infierno incapaz de facilitarme la información, que debía estar confinada también, sin poder salir de allí donde estuviera retenida.

Aquello pasó y ahora estoy en otra. Llevo una semana esperando una notificación del ente vía sms. Ayer, cargada de un excepticismo enriquecido con experiencias previas irritantes y nada resolutivas, me aventuré a enredar en la página del ente buscando respuesta a mi desazón. Encontré un formulario de contacto, volqué, envié y, ¡oh, sorpresa!, nadie al otro lado: solo enlaces a respuestas que, una vez más, no casaban con mi consulta. Señoras y señores desarrolladores de páginas webs institucionales: si tras un listado de temas hay una opción de “Otros”, se espera un ser humano en la otra punta del ruido comunicativo, alguien a quien poderle contarle tus cosillas, como se ha hecho toda la vida. Pero no. Cliqué sobre “Otros” y, de nuevo, respuestas para otras almas que quizá conseguirían llegar hasta ahí y poner fin a su tormento.

En algún lado leí que las oficinas del ente, al fin, habían abierto sus puertas y ofrecían atención al público. Se me llenaron los ojos de lágrimas.

Así que, esta mañana, contenta como una colegiala de la era prepandémica, me he ido a las oficinas que el ente tiene en el barrio de Lakua. Me he encontrado con esto:

Otra vez mis ojos llenos de lágrimas. A Dios pongo por testigo de que he llamado a todos los teléfonos y no me han atendido en ninguno, ni siquiera en el de gestión de cita previa para poder personarme en la otra oficina, inexpugnable también sin el preciado visado. Confieso que he dicho palabrotas a un señor sin alma (igual la perdió en la web de la Seguridad Social), que me ofrecía opciones y números que marcar mientras yo lo apremiaba con muy mal tono: “Dale, dale, venga, arrea, ¡que no tengo todo el día…!”. Por fin ha llegado el mensaje esperado: “Para ninguna de las opciones anteriores, espere”. Y entonces se ha cortado la llamada.

Para honrar la memoria de mi resiliencia fallecida, el horario de atención es de 16:00 a 19:00. Se aceptan pastas de té, After Eight y bombones Lindt de chocolate negro.

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