Frágil

Frágil

Creo que es la primera vez en mi vida que me siento frágil. FRAGIL, con mayúsculas. Me han pasado cosas, claro, como a todo el mundo; pero siempre me he sentido capaz de poder con ellas. Y, además, con la certeza de que podía sola; como una niña a la que ofende sentir la proximidad de unos brazos tras su espalda, cuando por fin integra la confianza necesaria para ponerse de pie.

Es curiosa esta comparativa que brota de mi teclado, porque, en este momento de mi vida, es justo cuando me pongo en pie, cuando quisiera tener unos brazos guardándome por detrás, por si me caigo. Y no es la caída en sí, hacerme daño, lo que siento como una amenaza; el dolor y yo somos compañeros de vida que han aprendido a tolerarse. Lo que temo, despierta y también en sueños, es la impotencia en su sentido literal; esa fragilidad que no hay voluntad ni resistencia que pueda someter; esa inconsistencia que secuestra los cuerpos y tortura las mentes que rabian por avanzar y solo encuentran calles ciegas, que no dan más de sí.

Las mujeres somos expertas en caminar solas por nuestras fragilidades. Y más aún en empeñarnos en hacer creíble que nuestra fuerza es de naturaleza e inagotable. Nacimos con un cuerpo que nos entrena para el dolor, la sangre y la inestabilidad emocional que nos acompañará siempre. Desde los primeros años de vida, vamos cargando, además, con toda la poca vergüenza que sigue arrojando sobre nosotras un histórico de capacidades y renuncias que aseguran que los machos sigan aterrizando en el mundo que compartimos con mejores cartas y, sobre todo, más seguros.

A mis cincuenta y dos años, percibo que me estoy rindiendo, que estoy cansada de esperar que me guste un poco más este mundo que percibo cada vez más hostil. Me resisto cada vez menos a aceptar que, los hombres y mujeres que poblamos este planeta que se consume a marchas forzadas, avanzamos por el calendario de nuestro tiempo cada vez más centrados en librar por los cuatro costados; sin que importe perder por el camino valores, justicia y, sí, también personas que no resisten tanta violencia ideológica, intelectual, política, cultural y física.

Estoy atrapada en la incoherencia máxima de comunicar cada día mensajes de esperanza y no creerme nada de lo que escribo, digo o publico sobre esta palabra, que necesitaría desarmar la construcción terrible sobre la que parece que estamos sembrando algo que insistimos en llamar futuro. Estoy desanimada y cansada de creer con fuerza en algo que es tan frágil. Me aferro a la posibilidad de que la sombra que se proyecta ante mis pasos sea fruto de este dolor intenso que soporto cada día de mi vida, que no me deja ir a ninguna parte del tirón. Cierro los ojos con fuerza, hasta hacerme daño, para poder imaginar la luz de un tiempo que me devuelva las ganas que tanto echo de menos. La espero aquí, tecleando, tecleando, tecleando… hasta recuperar la fuerza que necesito para volver a convencer y convencerme de que puedo sola.

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