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Gatos y lluvia

Sabia, un instante después de contemplar cómo llueve


Tengo un pasado de crispación meteorológica. Hablo de otros tiempos, de aquellos tiempos en los que el clima del norte era un sinvivir de frío, lluvia y sensaciones térmicas gélidas que se te instalaban dentro del cuerpo en noviembre y hasta junio.

Ahora ya, ¿quién se acuerda de las estaciones…? Antes de ayer hizo mucho frío en mi ciudad. Ayer, más abrigada y con el cambio de armario hecho, me sobraba todo. Hoy he ido a trabajar pertrechada con mi capa y mi pantalón de lluvia, intimidada por las balsas de agua de la calzada que me salpicaban escandalosamente al pasar sobre ellas con mi bicicleta. Pero, qué gusto ver llover así… Quién me ha visto y quién me ve, diciendo esto.

Sobre los gatos, diré que no tengo gato y que Sabia —la protagonista de mi tercera novela— es producto de mi imaginación y de la existencia de Ori, el gato de mi amiga Isabel que, en la portada del libro, interpreta maravillosamente el papel estelar. Decía que no tengo gato y diré, además…, que no me gustaban un pelo los gatos (Hala, ya lo he dicho). ¿Y entonces? ¿Por qué he escrito sobre una gata? Pues yo qué sé. Cosas. Contradicciones, incoherencias con las que convivo desde la humildad de saberme imperfecta.

Uno de los atractivos que tiene ponerse a escribir es tener la posibilidad de contar una historia sobre algo que, a priori, no conoces. Este reto me activa mucho. Documentarme, preguntar, hablar con personas, tirar de experiencias propias y/o ajenas, de intuición… Enamoré a dos mujeres en mi primera novela, siendo heterosexual; llevé a Teresa a Kaikor en mi segundo libro, sin haber puesto nunca un pie en Kenia y me he metido en la cabeza de una gata, sin haber tenido ningún contacto con felinos e, incluso, acusando cierta inquietud en presencia de estos animalitos tan intrigantes. Huelga decir que, después de escribir Sabia, he caído rendida ante ellos. Me he hecho de gatos.

Yo era ya de perros, muy de perros. Hoy he publicado que es el cumple de mi Baloo, el perrete que nos recuerda cada día que para recibir amor y atención de las tuyos, hay que pedirlo con convicción y ya está. Después ya… dejarse querer. Lástima que no puedo ya sugerir a Bukowsky que le dé un poco más de recorrido a su frase: Solo los gatos, los perros y la lluvia.

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