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Hoy toca plof

Mira que hago yo esfuerzos por torearle a la vida y a sus embistes. Aprendí bien de niña que no hay mejor desprecio que no hacer aprecio, y me he convertido en una auténtica maestra de hacer como si no: como si no pasara; como si no hubiera oído, como si no hubiera perdido aquello o aquellas personas; como si todas las lluvias pudieran caer sobre mí sin permear el tejido de mi ropa.

Bueno: pues hoy no llueve ni gota y yo me siento calada hasta los huesos. Tengo mal día, un día horrible. Ha venido la mala onda, se ha puesto ante mí y me ha dicho: “Por mí y por todas mis compañeras. Hoy me voy a sacar la espinita por todo tu desprecio en los últimos tiempos”. Me ha pillado con la guardia baja y me ha colocado la capucha; esa que no te deja ver más allá de la oscuridad sobrevenida.

Me pasan muchas cosas hoy. Algunas son importantes; otras, tonterías, lo sé. Pero no veo la luz, no la veo. Estoy enfadada, cansada y harta de tener que poner tanta energía para todo. ¿No podrían salir las cosas bien sin que yo tuviera que poner más carne en el asador de la que tengo?

Hoy me he enfadado mucho con lo de la cepa de coronavirus supermegacontagiosa que tienen cómodamente instalada en el Reino Unido. Lo oí ayer, pero no he tomado conciencia hasta hoy. ¡¿Pero cuándo va a terminar esto?!

Está la Nochebuena a la vuelta de la esquina y anda todo el mundo mustio porque no va a poner celebrarla con sus seres queridos: “Este año, nosotros solos”, “Mis hijas insisten, pero a mí no me compensa; la pasaré sola”, “Los niños están preocupados por si Olentzero nos mete el coronavirus en casa”, “No iré al pueblo, porque no quiero poner en riesgo a mis padres después de tantos meses”, “Tengo a las gemelas confinadas porque ha habido un positivo en clase”… Qué aburrimiento.

A mí la Navidad me irrita soberanamente y quienes me conocen bien saben que mi día favorito es el 6 de enero por la noche, cuando me afano en retirar toda manifestación navideña de mis espacios secuestrados por las lucecitas, las figuritas, las briznas de musgo y los polvitos de serrín. Pero este año, me resulta peor el remedio que la enfermedad (qué literal resulta este dicho, socorro).

Está la gente desmotivada y tristona. Hoy viene en la prensa que no hay ilusión ni por la lotería de mañana, que se han comprado muchos menos números que otros años. Y, mira por dónde, este año añoro la Navidad que pone pizpireta a la ciudad y a los corazones. Este duelo colectivo por quienes se fueron, quienes están en plena pelea contra el bicho y por nuestra normalidad pérdida me está robando mucha energía y las ganas de casi todo. Ni siquiera quiero que se me pase la desazón que siento. Porque tampoco tengo ganas de hacer nada que no sea quejarme de todo y, sin que sirva de precedente, me voy a quejar también de que esta Navidad no parezca Navidad.

Y ya está. Me lo concedo: hoy toca plof. No tengo tan claro que no vaya a terminar el día llorando con unos villancicos.

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